Módulo 6 — El sonido

El sonido es la propagación de una vibración que provoca una onda mecánica. El sonido es la sensación auditiva producida por la percepción de esta vibración. Se reserva este término a las vibraciones que nuestro aparato auditivo es capaz de percibir —como máximo aquellas comprendidas entre 16 y 20.000 Hz para la mayoría de las personas. Esta horquilla concierne a los individuos cuya agudeza auditiva es la más elevada. Las vibraciones situadas por debajo serán llamadas infrasonidos; si están por encima de 20.000 Hz, son llamadas ultrasonidos.

Los sonidos son complejos. No hay sonidos puros en la naturaleza. Son la suma de varias ondas sonoras que se superponen y, finalmente, dan la onda que percibimos. Para que exista, se propague y podamos percibir un sonido, es necesario un movimiento vibratorio en un cuerpo sonoro, es necesario un intermediario que, por vibración molecular, lo transmita a nuestro oído, y es necesario que nuestro oído sea capaz de percibir esta vibración. A partir de nuestro oído, esta percepción por transmisión nerviosa se transmite al cerebro, y el cerebro elabora una imagen acústica que llamamos la sensación del sonido.

Las características del sonido

Tenemos varias características a considerar:

  • La intensidad, medida en decibelios, es la mayor o menor presión que ejerce la onda sonora.

  • La altura o el tono es el número de ciclos por segundo que llamamos hertzios. El oído humano percibe entre 16 Hz y 20.000 Hz, para aquellos que tienen el oído muy fino.

  • El timbre del sonido depende de los armónicos, que son sonidos múltiplos de la frecuencia fundamental.

  • La duración, que es muy importante para el ritmo, la cadencia de las lenguas y el análisis de los fonemas, su producción y su percepción.

LA INTENSIDAD SONORA Y LA ESCALA DE LOS DECIBELIOS La intensidad sonora es mayor o menor según la presión ejercida por la onda sonora, la percepción de la energía que percibimos por segundo. Cada unidad de superficie de nuestro tímpano tiene un componente subjetivo. El decibelio es la décima parte de un bel, que es la unidad elegida para la intensidad. Es una unidad graduada de manera geométrica: los decibelios aumentan de 10 en 10, lo que es una progresión aritmética, pero la escala física —que es el aporte de energía real— aumenta en potencias de 10, lo que es una progresión geométrica logarítmica.

Para notar un aumento de 30 decibelios respecto al sonido de un tractor, necesitaríamos 1.000 tractores juntos, es decir, 10³. Dicho de otro modo, si estamos en un lugar y escuchamos el sonido de un tractor y tuviéramos la posibilidad de hacerlo aumentar 30 decibelios con un potenciómetro, en realidad, habríamos debido preparar 1.000 tractores para alcanzar esa diferencia de intensidad.

La capacidad de nuestro oído es muy amplia: la intensidad de los sonidos que nuestro sistema auditivo está preparado para recibir puede ser muy débil o muy intensa, hasta hacernos incluso daño a partir de 130 decibelios. En realidad, esto puede ser muy doloroso e incluso traumatizante.

La altura — graves, medios y agudos

Cuando hablamos de la altura o del tono, hablamos del número de ciclos por segundo, medido en hertzios. El oído humano percibe sonidos de 16 a 20.000 Hz.

Los sonidos graves tienen un efecto hipnótico, tanto para el bebé como para el adulto. Es un efecto vestibular: la estimulación continua por las bajas frecuencias provoca una saturación del sistema vestíbulo-coclear que reduce el tono cortical. En la terminología tomatisiana, se habla de efecto «desenergizante» —los graves atenuarían la carga energética de la corteza más que calmar activamente. Por ello el ronroneo de un motor de coche puede inducir el sueño en un lactante: no por un efecto calmante en el sentido afectivo, sino por una reducción del tono vestibular. Esta interpretación es propia del enfoque tomatisiano y difiere de los enfoques que asocian las bajas frecuencias a un efecto contenedor o tranquilizador. Las vibraciones de menos de 16 ciclos por segundo son llamadas infrasonidos.

Los sonidos medios, que podemos situar entre 1.000 y 3.000 Hz, pueden desencadenar reacciones en niños que presentan dificultades de lenguaje —esta zona (1.000–3.000 Hz) corresponde a la banda de paso del lenguaje. Cuando hablemos de la prueba de la escucha, esta zona presenta estas características y, simbólicamente, esta zona de los sonidos medios está muy ligada a la imagen del padre.

Los sonidos agudos, que van de 2.000–3.000 Hz a 8.000, producen efectos dinamizantes y aportan una alegría de vivir que nos sorprende. Los efectos producidos por los armónicos agudos situados por encima de 8.000 Hz son mucho más difíciles de analizar, pero no por ello menos importantes. Recordemos que, cuando hablábamos de lo que concierne al sonido de la vida y lo que el feto percibe antes de nacer, en lo que concierne a los armónicos agudos de la voz de la madre, las frecuencias superiores a 20.000 Hz son llamadas ultrasonidos.

La propagación del sonido

Es necesario un cuerpo sonoro para que haya sonido, y es necesario un cuerpo cuyas moléculas sean capaces de vibrar y transmitan el sonido. El sonido no se propaga en el vacío. Tiene siempre necesidad de un medio capaz de propagar el sonido. Los cuerpos blandos y porosos absorben la energía de las ondas acústicas y detienen la propagación del sonido, pues son muy malos conductores. Por ello, en las salas acústicas, se recubren generalmente las paredes de materiales blandos y porosos para eliminar la reverberación que no es interesante. En cambio, los cuerpos duros y elásticos con una gran fuerza de cohesión son muy buenos conductores del sonido, como los metales.

Las bajas frecuencias van mucho más lejos que las altas, pero aportan menos energía, pues tienen un efecto desenergizante sobre la corteza. En cambio, las frecuencias agudas nos aportan mucha energía, aunque vayan mucho menos lejos.

El sonido puede ser producido por impulsos —golpes o pulsaciones que ponen un cuerpo sonoro a vibrar. En este caso, el sonido dura el tiempo que el cuerpo tarda en disipar la energía recibida en el momento del choque. Imaginemos una regla de plástico o metálica a la que damos un golpe: se pone a vibrar y hace ruido mientras vibra; cuando la energía está agotada y está inmóvil, ya no produce sonido. O por un aporte continuo de energía, que puede ser una corriente de aire o una fricción. Si tocamos una flauta, mientras soplamos, hay sonido —podemos mantener la nota todo el tiempo que queramos. O si tocamos el violín, mientras frotamos las cuerdas con el arco, tendremos sonido.

La impedancia acústica

Otro parámetro importante a considerar para nuestro trabajo es el concepto de impedancia. La impedancia es una magnitud que depende de numerosos factores: del relieve de la zona donde estamos (si hay montañas o llanuras, o si estamos a orillas del mar), de la humedad relativa del aire, de la temperatura habitual, etc. La impedancia es la mayor o menor resistencia del aire a la transmisión de las ondas sonoras en un lugar determinado. Es un concepto muy importante pues influye sobre la pronunciación, la cadencia y el acento propios de cada lugar, así como sobre la fluidez lingüística de los locutores.

Según la teoría de Tomatis sobre la impedancia acústica y la lengua, un ejemplo ilustrativo es el de los ingleses de las islas británicas emigrados a América del Norte. La impedancia de las islas británicas —un lugar frío con mucha humedad, rodeado de mar— es muy diferente de la de las grandes llanuras de los Estados Unidos. Esta impedancia hizo cambiar el inglés británico para lo que conocemos ahora como el inglés americano. Tomatis postulaba además que la impedancia acústica del medio influiría sobre las características físicas de los locutores —hipótesis que no ha sido objeto de validación independiente. Los americanos actuales tienen una apariencia física más semejante a la que tenían los amerindios que los ingleses —que son mucho más delgados y filiformes, mientras que los americanos son mucho más cuadrados y fuertes en ese sentido. Esta influencia se extiende a la cadencia y al acento. En los países hispanohablantes de América: en cada país, el español tiene una cadencia y una fluidez, un acento diferente que no puede explicarse solo por el sustrato que ya había en esos países —ello debe atribuirse a la impedancia, según Tomatis.

El retardo y la precesión

El oído dispone de dos puertas de entrada: una externa (el tímpano, regulada por el músculo del martillo) y una interna (la ventana oval, controlada por el músculo del estribo). Hay tiempos de adaptación. Cuando hablemos del oído electrónico analógico, explicaremos también el papel que juegan el retardo y la precesión. Estos tiempos de adaptación para la apertura de estas dos puertas permiten la actitud de escucha, pues el cuerpo entero se pone en postura de escucha.

El retardo o tiempo de latencia es un parámetro puramente neurológico: el lapso de tiempo que necesita un sistema nervioso para reaccionar. Varía según los individuos y la edad (más largo en niños y personas mayores) así como según las lenguas. En el contexto del oído electrónico, este parámetro es definido y regulado en el Módulo 19. La precesión es un parámetro neurofisiológico complejo. Supone pasar de la sensación a la percepción. Es colocar el aparato auditivo en su forma adaptativa máxima para que capte lo que deseamos percibir. El paquete sonoro llega primero al sistema auditivo por vía ósea, y el músculo del estribo modifica la presión linfática de la cóclea, que, en un primer análisis, da la alerta y desencadena un estado de adaptación general. Esto permite una adaptación de la tensión timpánica para poder percibir correctamente lo que le llega por vía aérea. El sistema nervioso organiza cibernéticamente la respuesta del oído para que se adapte, se ponga en posición de escucha y se ponga en estado de alerta para captar el sonido. El oído está así en estado de precesión vestíbulo- coclear.

El acto de escuchar es un acto voluntario. Es activo y selectivo y, a este título, está muy sometido a la esfera emocional. El sistema nervioso es el que une lo físico y lo psíquico y las emociones provocan respuestas en el cuerpo físico.

Las dos vías del oído

La vía vestibular es la primera en desarrollarse. Desde los primeros días después de la concepción, cuando el embrión está implantado en el útero, el vestíbulo funciona como un órgano de relación espacial y como una central energética gracias a los estímulos que recibe y al juego antigravitatorio. En su parte primitiva —la parte vestibular—, el oído se desarrolla y funciona desde el origen como una central energética y un órgano de relación. Detecta los movimientos de la madre, evalúa la gravedad y percibe la lateralidad en los tres planos del espacio. De hecho, el vestíbulo continuará rigiendo la estática y la motricidad en ese ser en devenir.

La vía coclear se desarrolla a la par de manera sinérgica con el desarrollo del área cortical. Su inicio corresponde esencialmente al periodo fetal —es decir, a partir del cuarto mes y medio. Desde el inicio, las informaciones corporales vestibulares envían informaciones a los núcleos vestibulares. Luego, estos núcleos evolucionan hacia formas cocleares, que son ya formas verbales. Más tarde, la noción de espacio se integra con las informaciones del aparato visual —él mismo controlado por los haces vestíbulo-mesencefálicos.

El laberinto vestibular es capaz de cierto análisis frecuencial, limitado a 750–800 Hz. Esta cifra es fundamental: el punto de basculación del oído electrónico está calibrado sobre este valor, pues por debajo el signal solicita principalmente el vestíbulo (tono postural, equilibrio), y por encima es la cóclea la que toma el relevo para el análisis tonal fino y la recarga cortical. El filtrado pasa-altos (hasta 9.000 Hz) descrito en el Módulo 17 apunta a esta zona coclear alta, no al vestíbulo —estas dos funciones son complementarias y no excluyentes.

Nuestro oído funciona según el principio del «todo o nada» en lo que concierne al sonido: por debajo del umbral mínimo, un sonido no es oído. Y cuando alcanza el umbral apropiado, se vuelve audible. Pasamos de un estado de reposo a un estado de actividad —no es progresivo.

Alfred Tomatis forjó el término audiopsicofonología. Más que la acústica (rama de la física que estudia los sonidos), lo que nos interesa es la psicoacústica —el estudio de las relaciones entre los estímulos sonoros y las sensaciones que experimentamos, producto de las percepciones sonoras. Las sensaciones son el producto de la conciencia de los efectos físicos percibidos, como resultado de la integración psíquica del conjunto de las informaciones provenientes de los receptores sensoriales.

🎯 Quiz — Módulo 6: El Sonido

⚠️ Valida este cuestionario antes de continuar.

P1. ¿Cuál es la definición del retardo (delay) en el Oído Electrónico?

A) El tiempo de filtrado
B) El retardo entre el cruce del umbral y la conmutación C1/C2
C) La duración de una sesión
D) El tiempo de latencia neurológica

P2. V/F — Una octava corresponde a una duplicación de frecuencia.

P3. ¿Qué es el ancho de banda de una lengua?

P4. Define el sonido fundamental y los armónicos.


✅ Respuestas

1. B) El retardo (attack) es el lapso entre el cruce del umbral de báscula y la conmutación efectiva C1→C2. Valor estándar: 0 (báscula instantánea).

2. Verdadero. 125 Hz → 250 Hz = una octava. La curva ideal progresa 6 dB por octava.

3. La zona frecuencial preferente en la que la lengua utiliza sus sonidos característicos. El inglés: altas frecuencias; el francés: medios-bajos; el español: medios.

4. El fundamental es la frecuencia de base; los armónicos son sus múltiplos enteros (2×, 3×, 4×…) — dan el timbre. La riqueza armónica de los agudos carga el córtex.